Mágico


  Martes, 11 am. El sol brilla con fuerza, y calienta con ganas las tierras andaluzas. Es pleno verano, y el calor es bastante agobiante. En la Ciudad Deportiva El Rosal, un grupo de hombres vestidos de amarillo, hacen tareas con pelota, ya en el segundo tramo del entrenamiento, que en la primera hora constó de ejercicios físicos. Esos hombres son (casi) todo plantel del Cadiz FC. ¿Cómo casi todo? Si, hay uno de ese plantel que no hizo los trabajos físicos, que no tuvo contacto con el balón ni hizo los movimientos tácticos. Es más, ni siquiera se levantó de su cama aún. Ese hombre ausente es el 10. Ese hombre es Jorge Alberto Gonzalez Barillas, o simplemente, el Mágico Gonzalez.
   Aunque parece parte de un relato ficcional, esta fue la vida real de un fuera de serie del futbol.  Un rebelde, un loco, un mago. Nacido en el seno de una familia pobre de San Salvador, la capital del país centroamericano de El Salvador, el Mágico fue el menor de ocho hermanos. Cuentan que no había tiempo de ser el mimado, ya que el hambre apretaba, y ninguno podía tener el privilegió de no salir a buscar algún dinero. Sin embargo, el pequeño Jorge encontraba la manera de escaparle a las obligaciones. No le gustaba el colegio ni el trabajo, solo hacia dos cosas: jugar al futbol y divertirse, que para el, eran una sola cosa.
   Así, jugando al futbol, fue que encontró su salida. Su aspecto siempre delgado, casi frágil, no le impidió destacarse muy rápido en el futbol salvadoreño. Con solo 17 años, debutó en el primer plantel del ANTEL, un humilde equipo local, perteneciente a la compañía de teléfonos de San Salvador, que jugaba en la Segunda División. Dice la leyenda, que en su primer partido, después de un par de gambetas y quiebres de cintura, el relator, sorprendido, lo apodo como “mágico”. Y nunca dejó ese apodo.
  Rápidamente, pegó el salto, y pasó a jugar a la primera división, en el Independiente de San Vicente, donde siguió demostrando un talento nunca antes visto por esas tierras. El mágico era feliz adentro de una cancha, y hacía feliz al resto. Duró poco su paso por Independiente, y tan solo dos años después de debutar, pasó al equipo mas poderos de El Salvador, el FAS, el equipo representativo de las Fuerzas Armadas Salvadoreñas. Aquí encontramos la primera gran paradoja en la vida del Mágico: el, una persona, en cuerpo y espíritu, totalmente libre, se convertía en figura del equipo que representaba a la disciplina y el control.
   González logró encontrar siempre las vías de escape, y disfrutaba tanto de la noche como del futbol. Durante su estadía en el FAS, gozó del privilegio que le daba ser la figura máxima del futbol local, y sus salidas nocturnas constantes, casi diarias, eran permitidas: el mágico se encargaba los domingos, en el terreno de juego, de demostrar por qué era un privilegiado.
    Su brillo y carisma lo llevaron a liderar una de las mejores selecciones salvadoreñas de la historia, que estaba a punto de cumplir un sueño, y de lograr un hecho histórico para el país: clasificar por segunda vez en su vida a un mundial. De la mano del Mágico, El Salvador terminó segundo en las eliminatorias mundialistas de CONCACAF (detrás de Honduras), y clasificó al Mundial de España 1982. La historia comenzaba a dar un giro de 180 grados en la vida del Mágico.
Salto a la fama
En el año 1982, El Salvador vivía a pleno una cruenta guerra civil. En un país plagado de pobreza, hambre, elecciones fraudulentas y políticas económicas dirigidas desde Washington, las Fuerzas Populares de Liberación Nacional Farabundo Martí (como cabeza de varias otras organizaciones), se enfrentaban de manera armada a las Fuerzas del Ejercito Nacional (enfrentamiento que se encuadraba como arista internacional de la Guerra Fría). En este contexto bélico, la Selección de Futbol Salvadoreño encaraba un Mundial con pocas expectativas, pero con mucho entusiasmo.
  El Mágico ya era el líder y referente de esta selección, a la cual le tocó compartir grupo con Argentina, Bélgica y Hungría. Zona por demás complicada para las aspiraciones de los centroamericanos. 
   El Salvador no solo no dio la sorpresa, sino que incluso, perdió todos los partidos: 1-10 en su debut con Hungría, el resultado más abultado en la historia de los mundiales, 0-1 ante Bélgica y 0-2 ante la Argentina. Además, como yapa, terminó última de ese mundial. 
   Todo parecía oscuro para El Salvador, salvo un pequeño foco, que llamo la atención de varios representantes de clubes importantes de Europa: era el talento de un tal Jorge González. El Mágico pudo demostrar, en el contexto de un equipo muy golpeado, su magia, su calidad, su distinción. En épocas donde no existía la posibilidad de ver partidos de ligas menores, encontrar una perla así, que encima jugaba en la peor selección de la competencia, fue un manjar demasiado tentador para las potencias.
   El Mágico, de repente, tenía ante si la posibilidad de jugar en Europa, de salir de un país plagado de violencia, donde era cada vez más difícil divertirse. El Mágico se sintió en la cima del mundo.
   A sus manos llegaron tres ofertas solidas, contundentes. El PSG francés, el Atlético de Madrid y humilde Cádiz tentaron al Mágico. Cualquier jugador, posiblemente pensando en un porvenir de éxitos, hubiera decantado por el poderoso equipo parisino o el importante club colchonero. Pero no estamos hablando de cualquiera. El Mágico sopeso sus ganas de divertirse. Rehuyó de la responsabilidad excesiva y el control que podían ejercer sobre el, elegir un equipo grande. Y se fue a disfrutar de las playas, el sol y (sobre todo) las noches andaluzas. Firmó con el Cádiz, desairando los deseos de su entorno. Eligio su felicidad.
 
 En su lugar en el mundo
  El Mágico comenzó así su experiencia en el Cádiz en 1982. Y tan rápido como se convirtió en ídolo absoluto de la afición, se convirtió en un dolor de cabeza para cualquier directivo o entrenador que intentara encausarlo.
   Su magia dentro del campo, comandando desde lo futbolístico un equipo humilde, convivía con salidas nocturnas constantes, poca disciplina para entrenar y llegadas tarde.
  Durante los años que jugó en Cádiz, fue goleador, estratega y líder. Pero también fue trasnochador. Los andaluces amaron a este ídolo, que sin tapujos, decía que "Reconozco que no soy un santo, que me gusta la noche y que las ganas de juerga no me las quita ni mi madre". Y así vivía.
   Su talento no pasaba desapercibido. El Barcelona mismo estuvo a punto de ficharlo. Incluso, lo llevó a una gira por Estados Unidos, a modo de prueba. Rindió más que bien en los encuentros, pero no quedo. Las cuestiones extradeportivas le jugaron una mala pasada. En la última noche, antes de emprender el regreso a España, donde el Mágico iba a firmar su pase al club catalán, un incendio se desató en el hotel donde se hospedaba el plantel. Todos los jugadores, cuerpo técnico y dirigentes salieron en medio de la noche, asustados. Cuando se juntaron afuera, faltaba uno. El Mágico no había salido, prefirió seguir acostado (hay quien dice que no solo). Eso fue demasiado para el Barça.
   González no se deprimió. Volvió feliz a su lugar en el mundo, donde se sentía amo y señor.
Vivir la vida
   El Cadiz sufrió vaivenes deportivos durante los años de estadía del Mágico, incluso descendiendo. Pero su talento, al igual que pasó en el Mundial, sobresalía por sobre el resto. El propio Diego Maradona confesó años después, que cuando jugaba en el Barcelona, con su compañeros, intentaban imitar las destrezas que el Mágico hacia en la cancha. Así de gigante era su magia.
  Las anécdotas sobre el comportamiento volátil del  Mágico son varias. El propio Hector “Bambino” Veira, que lo dirigió en el club andaluz, contó varias veces que el propio Cruyff le preguntó por ese flaco desgarbado que desparramaba rivales. Pero también, que ese flaco talentoso entrenaba poco y nada, que acomodaba los entrenamientos al mediodía, para que el Mágico pudiera levantarse, pero aún así faltaba. Incluso, que en el sumun de la permisividad, llegó a ir a buscarlo con mariachis para que se levante un miércoles a las 11 am, y que González se levantó, pero solo “porque era linda la música”.
   La vida deportiva del Mágico continúo un tiempo más. Jugó un año en el Valladolid, mas tarde regresó a du tierra natal, para jugar en el FAS. Luego se retiraró en el San Salvador FC, un equipo chico de su ciudad. Pero poco vale repasar las estadísticas de un hombre que poco las miraba. El Mágico procuro buscar siempre la felicidad. Su vida era la noche y el futbol, y el aseguraba que podía combinarlas. “Yo he respetado mucho al fútbol, al que no he respetado es a mí mismo", aseguraba, en un exceso de sinceridad.
   Su talento enamoró. Su rebeldía asombró. Todo lo que tuvo, lo gasto en ser feliz. Vivió la vida a su modo. Sintió el futbol con alegría. "Me lo he pasado bien, he tratado de hacer sentir bien y de no hacerle daño a nadie", dijo alguna vez. Y vaya que lo cumplió.