No es solo amor. A veces la palabra “amor” no llega a describir todo lo que genera una persona. Y este es el caso. Maradona provoca en el napolitano algo todavía más profundo que el amor. Es amado, si, pero también lo es en la enorme mayoría del planeta. Es adoración, también. Pero gran parte de la Argentina también lo adora.
Es veneración. Esa es la palabra. Nápoles, la ciudad entera, desde el más joven hasta el mayor de los habitantes, venera a Diego Armando Maradona. Y no exageramos. Lo veneran porque lo ven como a su patrono, junto a San Genaro (patrono oficial de la ciudad). Es su protector, es quien le dio identidad. Es su Dios, pero un Dios humano, de carne y hueso, que convivió entre ellos, y les dio el don más maravilloso del mundo: ser felices.
Caminar por las calles de Nápoles es recorrer un museo de Maradona. Murales, grafitis, calles con su nombre, pequeños altares con su foto, a la que distintas personas le rezan, le agradecen y le piden. Todo allí recuerda y agradece al Diego.
Dia 0
En todas las relaciones, hay un momento o una fecha en se establece el comienzo. Generalmente, no es cuando las personas se conocen, sino cuando deciden formalizar, o a veces, cuando sucede un hecho que determina un antes y un después en esa relación. Lo mismo sucede en la relación Dios del futbol/creyentes napolitanos, o para hacerlo más sencillo, Maradona/napolitanos.
La fecha que marca el momento en que se conocen (algo así como el primero contacto, o la primera revelación divina) es el 30 de junio de 1984, día en que se oficializa la compra al Barcelona del zurdo talentosísimo, pero que venía de no poder triunfar en el club blaugrana, y de malos pasos en la Selección Nacional (decepcionante papel argentino en el mundial 82’ y en la Copa América 1983). El presidente napolitano, Corrado Ferlaino, ponía en marcha hacía un sueño: hacer que el Nápoli pueda figurar entre los grandes de Italia.
Pero esa fecha solo dio inicio al idilio. Hay un día en que definitivamente, comienza la devoción. En que un crack se convierte en Dios. En que Maradona se convierte en el patrono de Nápoles. Esa fecha es el 10 de mayo de 1987. Si, casi tres años después de su llegada, el astro mundial ascendía al olimpo. Ese día, de la mano de Diego, el Nápoli se consagraba por primera vez en su historia, campeón de Italia. El humilde equipo del sur de Italia alcanzaba el Scudetto. Cumplía el sueño. Y coronaba a su nuevo Dios.
A la lejanía, posiblemente sea difícil de entender que solo un título sea capaz de generar semejante devoción. Solamente esto se puede entender si se conoce la historia del Nápoli antes de Diego. Y se analizan las raíces profundas de Italia, y de la región
Los “por qué” del AdM/DdM
Hablar de Italia es hablar de desigualdad. Claro, uds diran “el mundo es desigual”. Obvio, vivimos en una sociedad global donde el 1% de la población acumula niveles de riquezas obscenas, mientras el resto pelea por las sobras. En todos los países se observan estas desigualdades, pero lo de Italia tiene dos frentes bien definidos. Dos forma de vivir, dos formas de sentir: el norte rico y poderoso vs el sur pobre y luchador.
El país de la península itálica se formó y vivió toda su historia con esta dicotomía: un norte que contenía el desarrollo industrial y fabril, donde se centralizaba el poder económico y político un sur que se encargaba de los trabajos manuales y de suministro de materia prima, dependiente tanto económica como políticamente, de los caprichos del norte.
Esta división y dominio norteño, se trasladó, obviamente, al futbol. Desde sus comienzos, el Calcio fue dominado (en cuanto a ingresos y títulos), por los poderosos equipos del Norte italiano. Juventus, Torino (equipo más ganador de Italía hasta la tragedia de Superga en 1949), Milan, Inter, Fiorentina, Bologna, Roma y Lazio, entre otros, se repartieron los títulos, armaron planteles importantes y disputaban las competiciones europeas.
Por su parte, los humildes equipos del sur, encabezados por Nápoli, pero entre los que también se destacan Palermo, Lecce, Cagliari, Bar y Salernitana, penaron siempre con presupuestos más modestos, y alcanzar un título era una quimera.
Nápoli nunca escapó de esta realidad. Desde su fundación, en 1904, el club celeste siempre deambuló por la mitad de tabla, incluso jugando mucho tiempo en la Serie B. Como máximos logros, podía contar dos Copa Italia, una ganada en 1962 y otra en 1975.
La llegada de Maradona no solo significó el logro deportivo del Nápoli. Fue también el triunfo del sur. Fue la victoria de los débiles sobre los poderosos. Fue la mojada de oreja más descomunal del que se tenga recuerdo. Fue la reedición de David contra Goliat, pero esta vez David era un morocho brillante, que con pelota dominada, batió a los Goliat del Norte.
Maradona es Dios en Nápoles porque les dio voz, les dio un nombre. Los hizo aparecer, dominar. Después llegó otro Scudetto, una Copa Italia y hasta una Copa de la UEFA de la mano del 10. Y también vino el post. Años en que ya el Diego no estaba para defenderlos en la cancha, y el Nápoli conoció el infierno de la Serie C y la casi desaparición.
Pero nada pudo borrar su figura. Nada lo hizo bajar del olimpo. Los napolitanos veneran a este Diós tan humano que duele. No se equivoquen, ningún napolitano piensa que tiene nada que perdonarle a su Dios. Porque así lo aman: real, de carne y hueso, alguien que se cae y se levanta mil veces. Que se reinventa. Que ama y odia con el mismo fervor. Que llora y se entrega. Que dice lo que siente.
¿Hay un Dios más perfecto? Yo no lo puedo imaginar. Y agradezcamos su existencia. Porque nosotros también podemos decir “ho visto Maradona, innamoratto son”