El héroe inesperado




  • Che, esta muy bueno el asado- Reconoció Gastón
  • Viste, cuando le haces tranquilo queda un manjar- Respondió Alfredo
  • Escuchame, Rodolfito, porque no te contas una anécdota- De repente gritó el ruso
  • No, jajaj comamos que se enfría- respondió Rodolfo.
  • Dale, una sola, para alegrarnos- Dijo Alfredo, sirviendose la parte de vacio mas jugosa y grande.
  • Bueno esta bien:

    Todo empezó cuando, sin darnos cuenta cómo, ganamos seis partidos seguidos en la liga, lo que nos posicionaba como segundos, atrás de Unión Panaderos, un equipo semi-profesional que hacía varios años que jugaba el torneo argentino. Era un equipo duro, imbatible y ordenado. La cuestión con Panaderos era que para poder competir con los grandes del torneo argentino, jugaba con suplentes la liga. Esto daba un poco de aire para aquellos que como nosotros, eran puramente amateur. Se podía competir, aun cuando su equipo muleto tenía buenos jugadores y trataba bien la pelota.
    A nosotros hacía unos meses que nos estaba dirigiendo el “Tano” Lopez, sobrenombre que nunca jamás pudimos deducir de dónde venía, y en realidad importaba poco. Lo cierto era que López, era un técnico muy cabulero, y nos contagiaba a nosotros ese misticismo. Todos los partidos antes de salir a la cancha, teníamos que vestirnos en el mismo lugar. Cada cual tenía su asiento designado, algunos la teníamos cómoda pero la peor parte se la llevó Bruno “ el Mono” Anggiotti, nuestro arquero, quien el primer partido ganado se cambió en uno de los inodoros porque no había lugar en el tablón y desde ese momento todos los partidos el tano lo hacía cambiarse en el mismo inodoro, este usado o no. De visitante también debía utilizar un retrete, lo bueno era que ahí si podía elegir cual. 
    Otra cosa que nos hacía hacer el tano era ver un capítulo de los pitufos en el vestuario. Siempre era el mismo capítulo, uno cuando Pitufina era encarcelada por Gargamel y la tenían que rescatar. Un embole. Cierto día el utilero, el gordo Lloris, sin darse cuenta le erró de cassette y  pasó uno de pitufo gruñon intentando ser bueno. El Tano no se percató de este desliz y para cuando se lo dijimos ya habíamos goleado 4 a 0. Desde entonces veíamos un capítulo  diferente cada partido, pero siempre los pitufos.
    Una vez cambiados y antes de entrar a la cancha, teníamos que palmear la cabeza de Bucky, el perro del club. Un perro sarnoso, sin una pierna, que era gordo y muy feo. “Eso” era nuestra mascota. Aunque siempre estuviera tirado en la galería, la que separaba la puerta del vestuario visitante del local, el perro viajaba con el tano cuando íbamos de visitante. Muchas veces a Bucky se lo convencía con un hueso porque era reacio a subir a los autos. Pero López insistía en llevarlo a todos lados.
    Una vez en la cancha teníamos que abrazarnos en ronda y cantar el estribillo de “piensa en mí” del grupo Tormenta. Esto al principio nos dio un poco de vergüenza, pero como daba resultado y el tano te sacaba enseguida si no lo hacías, todos entonabamos la canción. Así concluía el ritual cabulero. Y el equipo contrario y sus hinchas, entre risas y burlas terminaban comiéndose una terrible goleada de nuestra parte. No se como, pero las cábalas funcionaban y cada día se volvían más poderosas. 
    Ya veníamos con 9 victorias al hilo, o 10 no me acuerdo. Si me acuerdo que el tano estaba más insoportable que antes y el equipo más confiado que nunca. Seguiamos segundos pero a un punto nada más. Y el fixture nos sonreía porque la última fecha la jugaríamos contra Panaderos y en nuestra cancha. Con las cábalas no podíamos perder.

-Alguien, ¿quiere mas chori?- Cortó alfredo- Miren que hay bastantes.
- SSSHHH, no molestes deja que Rodolfo termine la historia- Dijo Gastón
- Si, perdón...seguí Rodolfito, seguí- se disculpó Alfredo, cortando un pedacito de chorizo y llevándoselo a la boca.
- Bueno, sigo:

    Los partidos continuaron sin cambios, con la misma receta de todo el torneo. Cábalas, goles, alegría y a un punto del puntero. Así como quien no quiere la cosa, llegamos al último partido, la final. Por fin llegó el día de levantar la copa, pensábamos todos mientras nos cambiábamos en nuestros respectivos lugares, ya señalado con un cartel cada nombre, no vaya a ser cosa que nos equivoquemos este partido tan importante. Hasta el mono estaba feliz, aun sabiendo que hacía unos minutos el gordo Lloris había utilizado “su” retrete y, lamentablemente, no de parado.
El ambiente estaba de jolgorio, todo era alegría, confianza, todos menos el tano que estaba más nervioso que nunca. Llegó la hora de ver los pitufos. Nunca, en mi vida, tuve tantas ganas de ver un dibujito, ni siquiera cuando era pibe. La canción de los pitufos comenzó a sonar en el vestuario cuando de golpe, todo negro. El televisor y las luces se habían apagado, solo venía la luz del sol de las ventanitas para golpearnos la cara. Se había cortado la luz, no podíamos ver los pitufos. 
El tano estaba fuera de sí, corrió como liebre para ver si eran los fusible. Los fusibles estaban bien. Comenzó a recorrer con la mirada el cable que abastecía el vestuario, se subió al techo, cortó unas ramas, hizo de todo, hasta que encontró que se había (o habían) cortado el cable. Bajó casi de un salto del techo, de un tirón desenchufó el televisor y lo arrastraba hasta el tomacorriente más cercano fuera del cambiador. El tano ni bien cruzó la puerta se encontró con el árbitro, nos había venido a buscar. Ya no había tiempo, había que entrar a jugar.
    Salimos un poco desorientados. Todos los partidos haciendo lo mismo, que cuando nos cambiaban los tantos no sabíamos qué hacer. De todas formas la confianza estaba intacta, tanto así que quise palmear sin ver al Bucky. Mi mano bajó casi hasta el piso. Entonces moví la cabeza para ver que ahí no había bucky. No estaba nuestra mascota. “Donde esta el perro”, eso gritaba el tano desesperado. Todos buscamos por todos lados. El árbitro nos miraba confundido, y el equipo de Unión Panaderos ya estaba en la cancha. Fue en ese momento que alguien gritó: “¡Bucky!”. El perro estaba atrás de nuestro arco. Estaba claro que alguien le llevó a upa hasta ahí y le había dejado un choripan para que se quedara. Amagamos todos a correr para palmearle la cabeza. Pero desde atrás alguien gritó con todas sus fuerzas: “Noooooo”. Ese era el tano que, como ido, nos gritaba para que de ninguna manera ingresemos a la cancha. Porque primero, antes de pisar el pasto, había que palmearle la cabeza al Bucky. Pero eso era imposible porque, para ir a palmearle la cabeza al perro, sí o sí había que entrar a la cancha.
 Los pitazos del árbitro llamandonos, no hicieron romper la inercia y seguimos la carrera  para que entrar a la cancha, pero los gritos desesperados del tano nos inmovilizaban. De golpe, el gordo Lloris, nos llamó para atrás de la tribuna local. Se le había ocurrido una solución. Saltar el alambrado que separaba el arco de la tribuna y palmearle la cabeza al bucky antes de tocar el piso. Así lo hicimos, uno por uno íbamos saltando el alambrado, que el tano y Lloris nos doblaban para que sea más sencillo pasar. Fue difícil pero en poco tiempo todos palmeamos la cabeza de Bucky y entramos en la cancha. 
    Fue ahí que nos dimos cuanta contra quienes jugaríamos. El tano estuvo tan atento a las cábalas frustradas que no tuvo tiempo de ver la alineación titular de nuestro contrarios. Ese formidable equipo amateur que tan bien había jugado todo el torneo, había sido suplantado por el indestructible e imbatible equipo semiprofesional. Ahora estaban en cancha “el turco” Ojeda, delantero imparable uno de los goleadores del argentino. El “Negro” Albertoni ,uno de los mejores cinco del torneo del interior. Los hermanos Scutto, dueños de un fútbol increíble y vistoso, ya muchos equipos de la B nacional se los querían llevar. “El Flaco” Dumont, un central que de arriba era insuperable y de abajo impasable. Y como frutilla del postre, su capitán y jugador más experimentado, “Nacho” Elerdia, arquero que había jugado en primera y que volvió en el ocaso de su carrera para retirarse en el club que lo vió nacer, y por qué no, hacerlo con un título como broche de oro.
Estábamos todos abrazándonos y comenzando a entonar la canción “piensa en mi”. Pero enseguida todos los hinchas del Panadero sacaron  radios, alto parlante, altavoces y hasta de juguetes musicales que habían llevado especialmente para que al ponerlas a todo volumen y con diferentes canciones nos hicieran perder el ritmo y la letra. Tuvieron muchísimo éxito. No podíamos seguir ni la canción ni la letra. Unos cantaban cumbia, otros un rock, el “colorado” Wonder hasta se cantó un tango. No pasó mucho tiempo y el arbitro, cansado ya, nos llamó para empezar el partido. Así fue que no pudimos cantar la canción. El tano ya estaba en el banco de suplentes, con las manos en la cara, como llorando. ¿Tan importantes eran las cábalas? 
    El partido empezó parejo. Todavía teníamos esa confianza que habíamos ganado por tantos partidos ganados y parecía que el contrario estaba a media máquina. Así siguió, parejo hasta el entretiempo. El tano, que en el partido casi no había hablado, se habló todo en el vestuario. Pero hablaba para él solo, como un loco, yendo y viniendo por todo el vestuario, farfullando cosas contra aquellos que habían hecho correr la voz, comentando todas sus cábalas, para poder contrarrestarlas. Ya la confianza estaba perdida. Nos conformabamos con el segundo puesto, obvio, pero nos daba un no sé qué perder esta oportunidad de levantar una copa. 
    Sonó el pito y comenzó el segundo tiempo. Las cosas que estaban parejas, ya no lo eran tanto. La pelota la dominaban ellos y apenas un tiro, que se fue lejos, tuvimos nosotros. Se nos venían. Nos cascoteaban el rancho, no podíamos salir limpiamente del fondo, teníamos que utilizar o abusar del pelotazo. Faltando quince minutos, el tano pareció revivir. Parado en la línea del costado estaba dando indicaciones, peleando con el asistente, incluso mandó a calentar a los suplentes. No sabremos nunca si tomo algo raro o notó que estábamos aguantando tanto tiempo contra un equipo tan importante, y eso lo había inspirado, ¿O era algo más? Fue así que metió el primer cambio de nuestro equipo. Sacó al colorado Wonder para meter a un pibe. Un tal Stonelli o Stonelle, no me acuerdo. Un nene petisito, flaquito, parecía hecho de papel, pero que el tano venía viendo de las inferiores hace rato.    
    La primer jugada del pibe, se sacó a un tipo de encima, tiró un caño y me dejó la pelota a mi, que estaba en el área y justo cuando el arquero me salio achicar, en vez de patear, le devolví el fútbol al pibe que sin pensarlo se la puso en el palo más alejado de Elerdia, marcando el 1 a 0.
 Nunca vi gol más festejado, ni por el tano ni por nadie. Fue todo locura y montañita sobre el nene que en poco menos de 5 minutos había cambiado el destino de un partido. Tal fue el festejo y el tamaño de la montaña humana que cuando, y después de varios pitidos del árbitro, cada jugador volvió a su puesto nos dimos cuenta que nos faltaba uno, el pibe. El pobre chico aplastado por el festejo de sus compañeros y su débil cuerpo, había quedado fuera de juego. Medio muerto, diría yo. Entonces el tano tuvo que hacer un cambio que no quería hacer, meter al “tuerto” Ibáñez, un defensor aguerrido y duro, tosco con la pelota y con un detalle. Le faltaba un ojo, por lo que le era difícil medir bien la pelota cuando venía por arriba. Pero era el único defensor que tenía el tano en el banco. Un banco muy mal armado porque siempre confiaba en las cábalas.
    Ya con el tuerto en cancha, la cosa se puso muy difícil para nosotros. Los panaderos se venían con todo, imparables. Unos tiros pegaban en el palo, otros pasaban cerca. Venían en busca del empate que les daría la gloria. Se nos estaba poniendo negra la cosa y parecía que en cualquier momento nos empataban. Para colmo el árbitro había adicionado 7 minutos, un despropósito. Faltaba nada más aguantar. Así lo hicimos. Hasta los últimos 30 segundos.
    Un pase certero, eso fue, una flecha que pasó por arriba de Ibáñez que calculó mal y cabeceo el aire. La pelota mansita quedó cerca del turco Ojeda que, sin dudarlo, le pegó con toda fuerza que le quedaba. Iba derechita al arco. El mono se estiró, y alcanzó tocar la pelota, pero el tiro era muy fuerte. La pelota, desviada un poco, lentamente se estaba metiendo en el arco. Todo por lo que habíamos luchado se nos escabullía. Ya veía a los Panderos festejando, yendo a abrazar al turco. Todo estaba perdido.
 De repente, algo negro, tosco, que se movía pesadamente se interpuso a la pelota, que rebotó en esta cosa fea y negra y se perdió por la última línea. Esa cosa negra era Bucky. Que desde el principio del partido estuvo en ese arco, movido por nuestros contrincantes y degustando un choripan. Sin que nadie se diera cuenta. Hasta ese momento. Justo cuando estaba entrando la pelota del empate, el muy pancho se había echado en el palo del arquero haciendo de poste extra. 
    El tumulto que se armó después hizo que el árbitro diera por terminado el partido, y el torneo fue para nuestro equipo. Ese día el héroe fue inesperado,fue un perro. Feo, gordo, rengo y sarnoso, pero nuestro héroe. Había sido un milagro que el Bucky siempre lento y desganado se moviera en el momento justo para tapar el gol de los Panaderos. O habrá sido otra cosa, porque ahora que lo pienso, ni bien terminó el último pitido, me acerque al banco para abrazar al tano, pero este venia corriendo desde la tribuna. Vaya a saber uno que estaba haciendo ahí. Pero ya no importaba nada, eramos campeones. Lo único que importaba era juntar llaves para hacerle un monumento al Bucky.

-Y ahora pásame un poco más de chori, que me dio hambre-