4 de julio de 1990. Semifinales del mundial de Italia. Dos potencias europeas se disputaban el pase a una final. Alemania, última sub campeona del mundo (y a la postre, campeona de este mundial, pero ¿para que remover la herida, no?), con un equipo con jugadores en su mejor momento, como Lothar Matthäus, Rudi Völler y Jürgen Klinsmann, y dirigidos por el histórico Franz Beckembauer, se enfrentaba a una Inglaterra bastante más joven, que se encontraba en pleno proceso de recambio. Este equipo, dirigido por Bobby Robson, era el incipiente comienzo al cambio táctico y técnico que vendría para Inglaterra en los años siguientes. Buscaba un juego más asociado, apostando más a la tenencia y al ataque directo, que al típico juego ingles más físico y de potencia. En medio de este proceso, los británicos alcanzaban una semifinal mundialista después de 24 años, cuando alcanzaron su único mundial, en 1966. El partido venía parejo, y se encaminaba al 1 a 1 final que derivaría en penales. Faltaban pocos minutos, y el joven Paul Gascoine, en su afán de recuperar, pega una patada a destiempo a Olaf Thon. El árbitro, implacable, le muestra la tarjeta amarilla. Y allí se bajo el telón para el bueno de Paul. Gascoigne rompia en lágrimas en pleno campo de juego. Ni Gary Lineker ni el mismísimo Robson lograron calmarlo. Esa tarjeta le impedía jugar una hipotética final (que nunca llegó). Pero en su mente y corazón de niño, significaba la muerte de un sueño. Y sin saberlo, comenzaba una quiebre en la vida de este jugador de apenas 23 años, que se había ganado el cariño de los hinchas por su talento, su desfachatez y por una personalidad rebelde y divertida. Aquí, con esa tarjeta, moría el niño, y comenzaba la dura vida adulta de este crack. Pero, como corresponde, empecemos por los orígenes.
La calle es su lugar
Paul Jonh Gascoigne nació un 27 de mayo de 1967 en el pequeño pueblo Gateshead, un pequeño poblado del nordeste de Inglaterra. Parte de una familia muy humilde, de la clase baja, las necesidades pronto se hicieron presentes en su infancia. Sus padres, ambos trabajadores, debían estar todo el día fuera de la casa para traer dinero, por lo que Paul y sus tres hermanos, pasaban mucho tiempo en las calles. Ser un adolescente pobre en los principios de los años 80 en una Inglaterra sumida en una crisis económica y laboral, no era precisamente una panacea. Paul tuvo contacto ya de muy pequeño con diferentes problemas, entre ellos robos menores y abuso de alcohol. Pero algo distinguía a este joven problemático de sus hermanos y amigos: tenía un talento enorme con la pelota en sus pies. Fue así, que con solo 13 años, el Newcastle lo ficho para sus categorías menores.
El cambio de vida le significo al pequeño Paul no solo un nuevo rumbo, sino nuevas responsabilidades. En sus pies estaba la salvación de su familia. Y admitamos, esto es una mochila muy pesada para un adolescente. Los problemas con la ley y el alcohol no cesaron, a pesar del control que ejercía el club. Peleas en bares, hurtos menores y borracheras memorables siguieron acompañando a Gascoingne. Pero también su brillo en el campo de juego.
Newcastle decanto por lo segundo, y decidió firmarle un contrato profesional al jugador, a cambio de un mayor control y la promesa de moderar sus salidas. El futuro le estaba sonriendo a Paul, que con solo 17 años, ya firmaba su primer contrato profesional. Otra etapa comenzaba. Pero los viejos fantasmas lo seguían.
La fama tiene un precio
Gascoigne debutó en la primera del Newcastle en 1985, y pronto se convirtió en figura y emblema del equipo. Su juego desfachatado, atrevido, una visión de juego muy distinta al promedio del futbolista ingles, lo destacó rápidamente. Además, las historias sobre sus salidas nocturnas y conductas rebeldes fuera del campo, pronto lo pusieron en mirada en el foco de el público ingles. La comparación inevitable empezó a hacerse oir: estaba surgiendo el nuevo George Best.
Paul se tomaba esta idea con la misma irresponsabilidad juvenil que se había tomado su llegada a primera y su exposición al gran público: el solo quería seguir jugando al futbol y salir luego de recorrida por los bares.
Ya era un asiduo convocado para las sub 20 de Inglaterra, pero el salto definitivo le llegó en 1988. Dos gigantes, como el Manchester Utd y el Tottenham se lo disputaban. A pesar del deseo de la prensa inglesa, de verlo vestido de rojo y cerra el circulo de comparación con Best, Gascoigne se decantó por los Spur. El pequeño Paul se mudaba a Londres.
Lider dentro del campo, imposible de contener fuera, Gascoingne brillo en su estadia en el Tottemham. Tanto, que le llegó la primera convocatoria a la Selección que se preparaba para el mundial de 1990.
Gascoigne iba cumpliendo etapas con la inconciencia adolescente que le caracterizaba. Nunca abandonó el alcohol ni las noches, aún siendo parte del seleccionado mayor.
Inglaterra, con Gascoigne como protagonista, logró clasificar al mundial de Italia 1990. Paul jugaría un mundial. Y los ojos de los fanáticos ingleses estarían puestos en este jóven rebelde y talentoso, que sería la cara de la renovación.
Por primera vez, Paul empezaba a sentir una responsabilidad distinta. Estaba siendo protagonista de su selección.
Inglaterra tuvo un mundial discretro, pero sin demasiados sobresaltos, y con un juego bastante destacado de Gascoigne, llegó a la semifinales. Paul se estaba comportando como nunca jamás en su vida: entrenaba, se cuidaba y brillaba. El joven estaba dando paso a la madurez. Pero la vida a veces es cruel.
Llegó el partido con Alemania, la fatídica amarilla y la explosión de llantos. Llegó el fin del sueño. Y el comienzo de la pesadilla.
Barranca abajo
Algo se rompió en Paul Gascoigne. Algún experto en psicología lo podría explicar mejor. Pero cuando una mente inmadura, alcanza cierto grado de responsabilidad basado en un objetivo, y ese objetivo se diluye, todo se destruye.
El talento de Gascoigne comenzó a verse más eclipsado por sus problemas graves de adicción. El consumo excesivo y diario de alcohol ya no podía disimularse, y comenzaba mellar su calidad y su físico.
El Tottenham ya no podía controlar a su estrella díscola, y una oferta tentadora de la Lazio lo alejó de Londres. Gascoigne viajaba a Italia con una mochila cargada de talento y de fantasmas.
Nunca pudo brillar en la Lazio, y la lejanía con su tierra lo hundía mas en sus adicciones. Tuvo un breve renacer cuando se marchó en 1994 al Rangers de Escocia. Allí, ayudado por una dirigencia poco estricta, Gascoigne logro destacarse, e incluso volvió a ser convocado a la Selección, y nada menos que para disputar la Eurocopa de 1996.
Pero su vida personal lejos estuvo de rencausarse. Ingresaba y salía de rehabilitaciones, que cada vez duraban menos. Problemas familiares, con divorcios y peleas con sus hijas incluidas, lo fueron alejando de su nivel.
En 1998 ficho con el Middlesbrough, mostrando destellos de aquel joven que supo brillar. Paso por el Evertón y luego por el Burnley, pero los fantasmas lo acompañaban a cada paso. Se retiró en 2004, golpeado por el alcohol, alejado de sus familiares y perseguido por la prensa.
Solo un hombre
Nunca más Paul Gascoigne pude recuperarse. Su problemas con el alcoholse dispararon una vez que dejo el futbol.
Como muchos ídolos caidos en desgracia, se convirtió en alimento para los medios carroñeros. Se alimentaron de sus peleas, de sus conflictos. Lo atormentaron, e incluso llegaron a espiarlo, robando y filtrando información de su teléfono celular.
Gascoigne vive hoy, una vida que es común a muchas personas que sufren adicciones: cada minuto cuenta. Cada paso es distinto. Y nunca hay que bajar los brazos. El puso sus fantasmas en palabras: “Nunca estoy seguro de que no voy a volver a beber. Sólo sé que no voy a beber en los 10 minutos siguientes. Eso sí es verdad. No sé esta noche. En el momento que esté convencido de que no voy a beber, acabaré bebiendo".
Paul John Gascoigne fue un niño que vivio una vida repleta de carencias y dolores. Fue un eterno adolescente que tuvo que sobrellevar un enorme talento y la mirada, deseos y frustraciones de los otros. Los golpes te transforman. A Gascoigne lo obligaron a enfrentarse a sus miedos. Nadie puede juzgarlo. Intentemos recordarlo por lo que fue en una cancha: rebelde, atrevido y talentoso.