Nadie lo había
invitado, pero ahí estaba: el primer colado de la gran fiesta federal del
futbol argentino. Aquella fría tarde del domingo 5 de junio de 1988 quedó
marcada a hierro en los corazones de los catorce mil habitantes de Quequén, la
ciudad-puerto que pertenece al partido de Necochea pero desde hace años busca
su autonomía. Ese día, el Club Social y Deportivo Estación Quequén logró el
ascenso al Nacional B, la segunda división del futbol argentino. No siempre
había sido así. Dos años antes, la restructuración diseñada por la AFA había creado
el torneo Nacional B y desplazado a aquello que hoy conocemos como B Metropolitana
a tercera categoría. En un intento por federalizar la primera división, el
nuevo organigrama también dio lugar a la creación de un torneo del interior –hoy,
Argentino A-. Esa puerta estaba pensada para los “grandes” del interior. Nadie
reparó en que podía abrirla un intruso.
Formado por un
puñado de jóvenes que venían dominando el futbol juvenil de la región con una
voracidad descomunal, Estación Quequén ganó el campeonato de la liga necochense
en 1986. La frutilla del postre era la posibilidad de disputar el torneo del
interior del 87. Después de un arduo camino sorprendiendo a equipos de las localidades vecinas,
logró acceder a los zonales. Aquella etapa del torneo estaba dividida en zonal
sudeste y zonal noreste; cada uno conformada por seis equipos del interior y
dos provenientes de la B Metropolitana. La modalidad era ida y vuelta y
eliminación directa. Es decir, plata o mierda. El año anterior, el primer título
de este nuevo experimento lo había ganado Atlético Tucumán.
La pregunta es, ¿qué
hacia un equipo como Estación Quequén entreverado con estos referentes del
interior y el conurbano bonaerense? Aún nadie lo sabe. La lógica no resiste. El
club no solo estaba lejos de tener un presupuesto acorde a la categoría, sino
que su infraestructura era casi una broma: Estación Quequén tenía ciento
cincuenta socios y sus jugadores viajaban al destino de cada partido el mismo
día y en humildes colectivos de línea. El as de espadas era aquella generación
dorada y la frase esgrimida por el goleador Luis “Paquillo” Sánchez: “éramos
inconscientes”.
Entre esos jóvenes de la liga local
se destacaban el arquero Ricardo Erasun, los hermanos Sergio y Claudio Mainardi
(con paso posterior por Lanús), Pablo “Gualicho” Dialeva (que después jugo en
primera división con Deportivo Armenio) y, desde luego, “Paquillo” Sanchez (que
pasó por el Belgrano de Cordoba). El equipo estaba dirigido por Oreste “Quito”
Ortiz y el presidente del club, que tenía solo veinticinco años, era el propio
sobrino del DT: José Luis Ortiz. Las menciones, sin embargo, son un poco injustas.
Esta historia no se trata de nombres propios. Es una historia sobre los años
dorados de nuestro futbol argentino, cuando lo amateur y el corazón -sobre todo-
podían ser más poderosos que el dinero.
La semifinal los puso frente a
frente con Almagro, que venía de perder la final por el ascenso con Talleres de
Remedios de Escalada y contaba con varias figuras de la categoria. Entre ellos, un numero 10
llamado Caruso Lombardi. En el partido de ida, “el verde” ganó 1 a 0 como
local. El partido de vuelta, que debía jugarse en José Ingenieros, estaba
destinado a la épica de Estación Quequen. En los noventa minutos, Almagro se
impuso por 1 a 0. Pasó el alargue y, cuando llegó el momento de los penales, el
arquero Ricardo Erasun fue determinante: tapó el último y convirtió el suyo.
Como se lo había anticipado una voz interior, ese día se convertió en héroe.
La gran final fue frente a uno de
los grandes cucos del interior: Olimpo de Bahía Blanca. Un equipo sólido y arrollador,
que hacía añicos a cada uno de sus rivales con figuras de la talla de José “Gallego”
Palacios (el padre de Rodrigo), el uruguayo Rubens Navarro (que venía de River),
Miguel Ángel Lemme o Roberto Schmit. La creencia popular no admitía otra
lectura: la fiesta estaba preparada para el ascenso de Olimpo. El primer
partido se jugó en el Roberto Carminati de Bahía Blanca y, para sorpresa de
todos, termino 1 a 1. Los goles fueron de Schmit y Fabián Mainardi, el hombre
de los tantos importantes. La vuelta, entonces, debía jugarse en la cancha de
Rivadavia de Necochea. Curiosamente, el mismo día que Newell’s se coronaría
campeón de Primera División por segunda vez en su historia y como el primer y único
equipo en la historia del futbol argentino integrado solo con jugadores surgidos
de sus inferiores. Tal vez en estas similitudes encontremos la llave para entender
por qué se rompió nuestro juguete favorito.
Ahora sí.
Estamos de regreso en el medio de aquella tarde: domingo 5 de junio de 1988. Un
estadio colmado por 10.000 personas, creaban un marco grandilocuente, todos
querían estar ahí, nadie se quería perder el evento deportivo que marcaría un
hito en la liga Necochense, “nosotros sabíamos que el partido lo ganábamos”,
comento el goleador "Paquillo" Sanchez, con la misma firmeza con la que conecto el derechazo que a
los treinta y un minutos del primer tiempo, sentenciaba el pleito, chau, a
cobrar, casi nadie recuerda el resto del partido, el nerviosismo anula ciertos
recuerdos. Años después, Paquillo recordaría que la primera voz que escuchó de
ese grito de gol ahogado fue la suya propia. ¿Hay gloria más grande? No la hay.
Lo que vino después sigue siendo indescriptible hasta el día de hoy, no solo
por sus protagonistas sino también por los espectadores. La noche helada y para
ese entonces lluviosa culminó con los jugadores agradeciéndole a la virgen de
la playa en Costa Bonita.
el gol historico del ascenso al Nacional B
Con el ascenso
consumado y el sueño cumplido, el club debió afrontar un torneo Nacional B de
altísima categoría. La temporada 88/89 lo emparejó, por ejemplo, con el Huracán
de Héctor Cúper, Oscar Garré, “Bicicleta” Saturno y un joven “Turco” Mohamed.
También estaba Lanús, el Banfield de Ángel Cappa, Unión con Julio Toresani en
su filas, Colon de Santa Fe, Belgrano de Córdoba (con el “Diablo” Monserrat y
Javier Sodero), Quilmes, Atlético Tucumán. En fin, una primera división encubierta.
Ese nivel de exigencia y la situación económica producida por la hiperinflación
que asediaba al país, eclosionaron en el sueño de Estación Quequén, que debió
conformar una cooperativa con los propios jugadores para poder sobrellevar el
torneo.
Gentileza del libro Atlas de Camisetas
Gentileza del libro Atlas de Camisetas
“Llegaron
al Nacional B por contemplaciones debido a que nunca se dio el caso de una
institución de cierto nivel que no estuviera en condiciones, pudiera llegar
–decía Julio Grondona, en la desaparecida revista Solo Futbol-. Pero lamentablemente llegó Estación Quequén,
que no está en condiciones de jugar un Nacional B. Entonces, ante esta
experiencia, tenemos – con toda humildad – que poner algunas trabas para que
estas situaciones no se repitan. Porque no queremos perjudicar a nadie, por
favor que se entienda bien, pero lo que si pretendemos es no perjudicar al
fútbol argentino”.
De todas formas,
el paso por la B Nacional dejó algunos triunfos resonantes: un 4 a 3 a Banfield
en el Florencio Sola que provocó la renuncia de Angel Cappa, un empate 2 a 2 de
visitante contra Lanús (que peleaba la punta del torneo), una victoria en Córdoba
frente a Belgrano. A pesar de una pobre campaña, si no hubieran existido los
discutidos promedios El Verde se hubiera salvado. Claro que nada de esto pudo
empañar la epopeya lograda por un grupo de desfachatados que, ante la
desigualdad, le sacó la lengua al mundo del futbol. Estación Quequén no solo
había descubierto la falla en la Matrix, sino también una verdad aún más
grande: a veces, en este precioso deporte, el desparpajo y el atrevimiento
pueden sacudir al “establishment” futbolero.

