Crack. La ponía bajo la suela y no se la sacabas. Era impredecible. No era rápido, más bien lo contrario. Tampoco llamaba la atención físicamente. No tenía un porte que deslumbrara. Era algo desgarbado, un poco chueco, con andar cansino. Usaba el pelo largo, pero no tanto por seguir la moda, sino más bien por fiaca de cortárselo. Ahh, pero cuando tenía la pelota…era un mago. Muy cerebral y técnico. Tenía una jugada caraterística: el doble caño. Es tan sencillo de explicarla como difícil de hacerla. Dominaba la pelota con la zurda (su pierna más hábil), esperaba al rival y le tiraba un caño de costado, con el empeine. Pero en vez de escaparse, o meter un pase, lo esperaba al dolido adversario, que en busca de revancha lo iba a buscar. Y ahí le tiraba otro caño, esta vez más displicentemente, con el revés del pie, y ahora si, la largaba, para no recibir la patada.
Este relato pinta a un jugador de otro tiempo, a alguien que dejó una huella en el futbol mundial. A alguien que marco una era. A alguien que triunfo en el futbol argentino y que está en todos los libros como uno de los mejores, sino el mejor. Bueno, casi todo esto es cierto. Solo que el protagonista no triunfo, ni esta en los libros. Es más, casi no hay fotos de el en un campo de juego profesional, y no hay registro fílmico de sus proezas. Pero sin dudas, dejó una huella, por que las leyendas dejan su huella, y Tomas “el Trinche” Carlovich, es una leyenda.
Nadie discuta eso. Si hay una leyenda en el futbol argentino, es la leyenda del Trinche Carlovich. Su nombre es parte de la mitología, y tiene todos los condimentos de un buen mito: poco registro impreso, pocas imágenes, y mucho relato que aseguran que el, el Trinche, fue el mejor jugador argentino de todos los tiempos.
Basta caminar por Rosario, su ciudad natal, donde jugó profesionalmente, para escuchar a miles de personas, todas mayores, que juran haber visto jugar al Trinche. “Crack”, “un distinto”, “el mejor”, dicen. Que no haya jugado en ninguno de los dos gigantes de la ciudad (apenas un partido oficial en Central, donde hizo inferiores), agrandan su leyenda. Por que el Trinche brilló en el otro club de Rosario, en el que por mucho tiempo fue el tercero en discordia, el que siempre deambulo por las categorías de ascenso, pero en el que Carlovich es rey sin corona: en Central Córdoba de Rosario. Y si, el mito se construye así. Porque, ¿Qué gracia tiene un ser legendario que brilla constantemente y rodeado de estrellas? No, la leyenda es más poderosa en solitario, brillando entre los humildes, siendo carne y voz de los de abajo. Siendo bandera del pueblo. Eso es el Trinche.
El nunca defraudo esa bandera. Nunca tuvo lujos y nunca los deseo. Nació en una familia trabajadora del Gran Rosario. Su papá, un plomero nacido en Croacia, trabajaba de sol a sol para alimentar a su mujer y sus 7 hijos. Pero el mango no alcanzaba. Y todos tenían que salir a parar la olla. Así, el Trinche crecio, entre las changas, y las escapadas a jugar al futbol, y a desparramar rivales en las canchitas de tierra.
Ese, tal vez, era su secreto. El nunca busco el oro, siempre jugó al futbol, aún en primera, como si estuviera en una cancha de tierra de su barrio. El propio Tomás lo explicó alguna vez: “Yo siempre jugué igual, con las mismas ganas. A lo mejor ir a Francia o al Cosmos, posibilidades que tuve en su momento, me hubiera cambiado la vida. Para mí, jugar en Central Córdoba fue como jugar en el Real Madrid”. El jugaba así. Y así lo amaron.
El intruso
Desde su aparición en Central Córdoba, hasta que su nombre se hizo leyenda, hubo un hecho trascendental, un suceso que marco para siempre al Trinche, y que hizo de su nombre un mito. En el año 1974, la Selección Argentina, dirigida en ese entonces por Vladislao Cap, en plena preparación para el Mundial de ese año, que se disputaría en Alemania, organizó un amistoso contra el combinado rosarino. El partido se jugó en Rosario. La Selección formó como lo mejor que tenía: Santoro; Wolff, Togneri, Sa y Tarantini; Brindisi, Telch y Poy; Houseman, Potente y Bertoni. Por su parte, el combinado rosarino, que era dirigido por Carlos Montes, DT de Newells, y Carlos Timoteo Griguol , Dt de Central, formo con un equipo compuesto por 5 jugadores leprosos (José Luis Pavoni, Armando Capurro, Mario Zanabria, Sergio Robles y Alfredo Obberti) y 5 canallas (Mario Kempes, Carlos Biasutto, Jorge González, Mario Killer y Carlos Aimar) . ¿Y el otro? ¿Quién era el intruso que se había colado entre los grandes de la ciudad? Nada más y nada menos que Tomás Felipe Carlovich, el Trinche.
Ese partido fue el cimiento, la piedra fundacional del mito del Trinche. Si bien en Rosario ya se hablaba de ese talentosísimo volante que hacía pasar de largo rivales al trote, aquel encuentro con la Argentina potencia la leyenda. El partido termino 3 a 1 para el combinado rosarino, y si bien las crónicas de la época hicieron más hincapié en otro mal paso de una selección que preocupaba de cara al mundial, todos los diarios de la época coincidieron en destacar a un nombre. Carlovich, un zurdito desconocido que volvió loco a todos.
Esto despertó muchas leyendes. Desde que Cap le rogó a la dupla Montes-Griguol que lo sacaran al Trinche, hasta que los jugadores del seleccionado pidieron referencias del flaco que la descocía. Lo cierto es que el mito ya estaba en marcha.
Idolo de barro
Luego de ese partido, la carrera de Carlovich estuvo lejos del oro, y siempre estuvo muy cerca del barro. Jugó un tiempo en Colón, donde no descolló, según dicen, por una seguidilla de lesiones, y poco afición a los entrenamientos. Pasó por Independiente Rivadavía y Deportivo Maipú, ambos de Mendoza. Pero siempre volvía a su casa, a Central Córdoba. Allí jugó feliz, hasta el retiro, en 1986.
No hizo dinero. No buscó fama. Pero encontró amor y respeto. Fue admirado y elogiado por grandes de este deporte. José Nestor Pekerman alguna vez lo eligió como el jugador más maravilloso que haya visto. Y miren que ha visto jugadores José.
Cesar Luis Menotti supo decir que “Carlovich fue uno de esos pibes de barrio que, desde que nacen, tiene como único juguete la pelota. Era impresionante verlo”. Si el Flaco lo dice.
Griguol, que además de dirigirlo en el combinado rosarino, lo tuvo en sus incios en Central, lo definia como un fenómeno de jugador, pero al que no le gustaba el sacrificio “Tenía condiciones técnicas únicas” dijo Timoteo, “al marcarlo, el tipo desaparecía por cualquier lado y con él desaparecía el balón”.
El propio Diego Armando Maradona, cuando lo consultaron a su llegada a Newell’s en e1993, si estaba consciente de lo que significaba para la ciudad tener al mejor jugador de todos los tiempos, Diego soltó “Rosario ya sabe lo que es tener al mejor, acá jugo el Trinche Carlovich”.
Ser de otra época. Distinto, épico, memorable, querido por los humildes, mítico. Creo que nada define lo que fue el Trinche, como sus propias palabras: “¿Qué es llegar? La verdad es que yo no tuve otra ambición más que la de jugar al fútbol. Y, sobre todo, de no alejarme mucho de mi barrio”
Sencillamente, el Trinche Carlovich, leyenda del futbol argentino.