El 28 de abril
de 1993, en plena competencia de clasificación al mundial de USA 1994, la selección
de Zambia volaba a bordo de un avión de la fuerza área de su país con destino a
Dakar, Senegal, para disputar el inicio de la segunda fase de las eliminatorias
africanas. Una serie de errores humanos y mecánicos precipitaron a la aeronave sobre
el océano atlántico. A solo quinientos metros de Libreville, Gabón. No
sobrevivió nadie: treinta muertos, entre los que se encontraban los dieciocho
jugadores de la selección de Zambia y su técnico Godfrey Chitalu. Esta historia no empieza acá, y mucho menos
termina con este episodio, porque el futbol está lleno de gestos heroicos.
Veamos.
Antes de que
la selección de Camerún estuviera en boca de todos y el fútbol africano
comenzara a entrometerse en las grandes competiciones, la selección de Zambia clasificó
al torneo de fútbol de los Juegos Olímpicos de Seúl 88. Sin demasiados
pergaminos en el futbol internacional y con solo una participación previa en
los juegos Olímpicos de Moscú 1980, donde no había conseguido ningún punto.
Permitámonos comprender el contexto: una selección africana ignota, que llegaba
a una competición internacional de dieciséis equipos, entre los que se
encontraban grandes potencias del fútbol, como Brasil (con figuras como
Romario, Bebeto, Tafarel), la Alemania Federal liderada por un joven Jurgen
Klinsmann, la Italia de Mauro Tassotti del Milan, Andrea Carnevale y Ciro
Ferrara (que venían de ser campeones con el Napoli de Maradona), Argentina (con
jugadores como Luis Islas, la “Tota” Fabbri, el “Beto” Alfaro Moreno y Jorge
Comas), la Yugoslavia de Davor Suker y Spasic y Suecia con Martin Dhalin. Por
nombrar algunos y solo para entender lo que enfrentaban “los chilopololo”,
apodo con el que se conocía a aquella selección.
El inicio del
torneo fue poco promisorio: empate 2 a 2 frente a Irak. De todas maneras, los
cometarios del periodismo que cubría la competición se hicieron eco de la
velocidad y algunas características tácticas y técnicas que mostró el equipo, despertando
cierta admiración. El siguiente partido fue contra Italia, que llegaba como
clara favorita: el poderoso frente a una desconocida selección africana que comenzaba
a dar indicios del nacimiento de un futbol nuevo, renovado, autentico, capaz de
generar empatía con el espectador. ¿El resultado? Baile de Zambia: 4 a 0 con un
hat-trick de su goleador y figura Kalusha Bwalya, jugador del Circulo Brujas de
Bélgica para ese entonces. Aquel partido fue el bombazo del torneo y la
confirmación de que la amenaza era real: el futbol africano estaba llegando
para quedarse. Luego le siguió un triunfo por el mismo resultado contra la
débil Guatemala y el pase a cuartos de final con comodidad. El rival, en esta
instancia, fue Alemania Federal, que comenzaba a gestar la base de la selección
mayor que dos años después fue campeona del mundo en Italia 90. La efectividad
teutona fue demasiado para la promesa africana. Zambia perdió 3 a 0 y quedó
afuera del torneo, pero sin olvidar el juego vistoso que lo había enaltecido.
Se llevó un triunfo en las valijas y, sobre todo, la esperanza de una
generación que sabía lo que quería.
El paso por
los Juegos Olímpicos, por lo demás, le valió a Kalusha Bwalya ser elegido mejor
jugador de África (por delante del camerunés Roger Milla, el argelino Madjer y
el liberiano Weah) y una transferencia sorpresa al PSV Eindhoven, donde formó
parte de una delantera campeona junto al “Chapulin” Romario. Si bien Zambia
había tenido cierta incidencia en la Copa Africana de Naciones, nuca había
estado cerca de clasificar a un mundial. En las eliminatorias africanas para Italia 90 no cumplieron con los
objetivos de clasificación, pero con la base que habían formado en Seul 88
lograron algunos triunfos resonantes y quedaron a un paso de la fase final. La
ilusión crecía. Era una maceración lenta que avizoraba un futuro glorioso para
la joya de África.
Las
eliminatorias de USA 94 encontraron a los “los chilopololo” maduros
futbolísticamente y decididos a dar la estocada final. Además de Kalusha Bwalya,
que ya se había transformado en el capitán del equipo, Charly Musonda y Johnson
Bwalya ya jugaban en Europa. Transitaron la primera fase de las eliminatorias
con tranquilidad, cada vez más decididos y afianzados en su juego. Sin embargo
ahí, precisamente antes de dar el gran salto, sobrevino la catástrofe. El 28 de
abril de 1993, la generación más talentosa de Zambia arrancaba la segunda fase
las eliminatorias africanas y tomó su vuelo llena de confianza en el futuro.
Sucedió lo inimaginado. Los únicos sobrevivientes fueron Musonda, por lesión, el
capitán Kalusha Bwalya y Johnson Bwalya, que habían acordado viajar
directamente desde Europa. El golpe, la injusticia divina, trascendió
largamente el futbol: quebró a una nación.
Así, con el
sueño hecho añicos, su capitán, la leyenda, el hombre gol y que enorgullecía a
su pueblo, afrontó el resto de las eliminatorias con el corazón destrozado. Cuando
todos esperaban que Zambia se retirara de las eliminatorias, reconstruyó el
equipo en tiempo record haciendo de ojeador y seleccionador. “Había tanta
esperanza, tanta alegría alrededor de nuestro equipo que pasamos días llorando,
fue devastador para nuestro pueblo”, declaró alguna vez.
Diezmados por
todos los frentes y con toda esa tristeza a cuestas, un equipo plagado de
juveniles jugó su siguiente compromiso solo cinco semanas después del accidente.
Zambia derrotó a 2-1 a Marruecos –una potencia dentro del continente- en un
Independence Stadium de Lusaka desbordado de emoción y con una llama de ilusión.
Tras un empate y una goleada a Senegal, todo se definiría en Casablanca, Marruecos.
Zambia necesitaba un empate, eso era todo. Pero el partido podía transformar
una simple clasificación en el pasaje a un mundial más heroico de la historia. El
partido podría haber sido uno más, pero esta historia no es una más. El
encuentro fue, como se suele decir, “no apto para cardiacos”. Zambia metió dos
tiros en el travesaño y así y todo, a los 63 minutos, Marruecos puso el 1 a 0.
Ahora sí. La posibilidad del sueño mundial estaba aniquilada.
Cualquiera
podría pensar que no había nada más para Zambia, aunque en toda historia de
superación siempre hay más. Dos meses antes del inicio del mundial de USA 94 se
disputo la Copa Africana de Naciones en Túnez. Zambia hizo un gran torneo y
perdió la final contra Nigeria, la superpotencia africana, que tenía a
jugadores como nuestro querido JJ Okocha, Finidi, Amuneke, Amokachi. Una
selección que dio un paso más. Todos pensamos que aquella selección zambiana merecía
la clasificación directa al mundial como un bálsamo para tanta angustia. Yo,
sin embargo, creo que no. El orgullo y su Black Power no se los hubiera
permitido. Merecían pelear contra esa tristeza profunda en el corazón de la
cancha como los leones de su sabana y porque estoy convencido que existen los
campeones sin corona.
Quedan dos
menciones más en esta historia agridulce, una de cal y otra de arena. Una vez
concluida su carrera futbolística, dejando su brillo en el futbol mexicano,
Kalusha volvió a su país y se transformó en el presidente de la Federación de
Futbol de Zambia. En 2012 después de tantos azotes, lograron salir campeones de
la Copa Africana de Naciones, ¿Dónde?, si en Libreville, Gabón, donde casi 20
años atrás habían sufrido ese mazazo, hoy recibían un consuelo, su primer título
internacional. Derrotaron en la final a Costa de Marfil por penales luego de un
empate sin goles. Los festejos lógicamente estuvieron cargados de una emoción extra
y de homenajes a las víctimas, con su presidente a la cabeza.
El destape del FIFA Gate hizo estragos en el
futbol mundial, pareciera que nadie quedo exento de ese entramado de corrupción,
incluso el ídolo de esta historia. En 2018 Kalusha fue inhabilitado por dos
años, acusado de haber recibido sobornos del qatarí Ben Hamman, a cambio de su
voto para adjudicarse la sede de los mundiales 2018 y 2022, al día de hoy sigue
peleando por limpiar su nombre, desconociendo haber aceptado dicho dinero. La mención
de este episodio oscuro, no pretende desacreditar el heroísmo de aquel joven
Kalusha, que con su batalla incansable, logró honrar la memoria sus compañeros,
porque al fin y al cabo, nuestro hermoso deporte podrá ser mancillado, pero sus
historias y sus héroes no.


