Se puede tener mala suerte cuando se tiene suerte? La Historia de Hugo Carnevalli



Han pasado muchos años y en Augusto Gómez todos recordamos lo que le ocurrió a Huguito como si hubiese sucedido ayer. Aquella tarde del sábado 23 de junio de 1987 es una espina clavada en nuestra historia.

Si nos tomamos un segundo y buscamos en Internet datos del pueblo Augusto Gómez, surgen dos resultados: -azafrán, porque somos productores de este condimento, y –la historia de Hugo Carnevalli, el hincha que tuvo mala suerte cuando tuvo suerte.

Resulta que el equipo local, el Club Atlético Gómez, en una campaña inusitada, había alcanzado por primera y única vez la final de la Liga Nacional por el ascenso a la Máxima Categoría. Todo un acontecimiento para este pequeño pueblo de casi 1000 habitantes en aquella época, donde nunca había ocurrido nada ni nunca más volvió a ocurrir algo.

Con Huguito éramos hinchas fieles que acompañábamos al equipo jugase donde jugase. Así, aquel año, recorrimos el país en el Taunus bordo que herede de mi abuelo. Cargábamos nafta, tupper con milanesas que nos hacia mi viejita –no escatimaba en ajo y perejil, la vieja-, la cábala del gorrito Piluso y le pegábamos a la ruta. A veces, se nos sumaba algún loco de la barra, lo que nos permitía amortiguar los gastos. La reliquia del abuelo era 2.3, no sabes lo que consumía…

Nos sentíamos parte del plantel.  Aunque debo ser sincero, en mi caso, lejos estaba de parecer un jugador profesional. Físicamente no estaba en forma. Además, con la pelota en los pies era un desastre. Digamos, que futbolísticamente era el mejor hincha del mundo…. Me gustaba el análisis del juego. Es más, te cuento que cuando nos tocaba de visita, la emisora local, Radio Palmera 91.5, que no tenía recursos para bancar viáticos, me pedía, a modo de gauchada, que les  haga la cobertura del partido y les pase un reporte. A mí me encantaba hacer esto. Me sentía importante, como el de la TV, Rubén Mastranllelo, cuando analiza los partidos de la Selección.

El que si jugaba bien era el Hugo, quien había hecho todas las inferiores en Gómez, hasta llegó a ir al banco de la primera en un partido de la Liga Regional. Pero un problema en su rodilla y el mal pasar económico de la familia, hicieron que se dedicara a los trenes como el viejo. Los Carnevalli eran maquinistas de trenes de carga que llevaban azafrán desde Gómez a unos pueblos de la cordillera.

No se si aún seguirá con ese laburo porque después de la final nadie supo más nada de él. Se fue de Augusto Gómez. Algunos dicen que se pidió el traslado a la Capital. Pero la verdad es que no se sabe con certeza. Lo que si se sabe es el motivo. Hugo era tan fanático que no podría soportar lo que sucedió, y que las miradas de los gomenses le recordaran que aquella acción le imposibilitó al pueblo alcanzar la gloria.
El rival fue el Club El Molino, un equipo de San Cristóbal, que se había armado con jugadores que ya conocían la Máxima Categoría y pretendían ganar el torneo de punta a punta. Llegaron a la final del 23 de junio con una estadística que daba miedo. Escucha, de sus 43 partidos, habían ganado 40, con 137 goles a favor y tan solo 9 en contra. Una máquina. Tenían un cuadrazo. Al único equipo que no pudieron derrotar fue al nuestro. Dos empates en la fase regular y uno más,  0 – 0, en la final de ida, disputada en aquel pueblo. De todas formas, es mi deber señalar que esos partidos nada tuvieron de parejos. Nos mataron a pelotazos, creo que pasamos la mitad de la cancha 3 veces y pateamos un córner en la sumatoria de los 270 minutos.

El partido decisivo se hizo desear. La fecha estaba estipulada para el día 2 de mayo de 1987 pero las tormentas que azotaron a la provincia durante, prácticamente, mes y medio, hicieron que el cotejo se postergara sábado tras sábado. El rio Cozme estaba tan crecido en esos días, que cruzaba por arriba del puente, date una idea.

Desde la organización pusieron como fecha límite el sábado 23 de junio porque el día 24 de ese mes y año, arrancaba la máxima división y no se podía suspender su inicio. Viste como son los sponsors. Entonces, el que ascendiera tendría doble jornada. Pero esto poco importaba.

Y así, se llegó a aquel sábado. El pueblo fue un festival esa semana previa. Las calles coloridas, canticos, hasta decretaron feriados los días jueves y viernes para que la víspera al cotejo nos encontrara a todo Augusto Gómez concentrados y como un puño apretado, como dijo el uruguayo el año pasado. Si bien, El Molino era el mejor equipo del campeonato, y contaba con la ventaja deportiva ante una posible igualdad, el empate en San Cristóbal nos permitía soñar.

El problema fue cuando el mismo día del partido, a horas del inicio, 13 de los 23 jugadores del plantel profesional fueron hospitalizados por una intoxicación. Parece ser, que el viernes por la noche habían estado de cumpleaños. El tenazas, figura en la final de ida  –se atajó todo lo que le tiraron-, celebró sus 32 pirulos. Y lo que pretendía ser un agasajo tranquilo, terminó en meta lechón y meta damajuana. Cualquiera diría que fue un acto de irresponsabilidad pero en los pueblos esto se acostumbra. Además, ese clima festivo vivido en la semana, hizo que los muchachos, tensionados, buscaran, al menos por un rato, despejar el balero. Quizás se excedieron. No lo sé. No los quiero justificar, pero todo lo que estaban por vivir, que era hermoso, también estaba cargado de presiones. Viste como es la gente, como somos los hinchas. Depositamos nuestro humor, alegrías, vivencias en este juego…vamos muchachos, háganlo por el pueblo…son nuestro orgullo, pongan a Augusto Gómez en lo más alto…a dejar todo…dependemos de ustedes…

Como ya dije, la final no se podía volver  a suspender. Se jugaba o se jugaba. Nuestro equipo tenía solo 10 jugadores en condiciones de saltar al campo de juego. Fue entonces que el presidente del Club, Don Paco Palavechino, teniendo en cuenta que todos los planteles de inferiores se encontraban en la localidad sureña de Santo Reginato, a más de 800 km,  disputando un “mundialito”, por lo cual no se podía contar con ningún jugador de nuestras categorías menores para completar el primer equipo, tuvo una idea descabellada y única. Propuso, luego de pedir un permiso extraordinario a la Liga, para que el Club pueda sumar a la planilla de buena fe a al menos un integrante más, dadas las circunstancias acaecidas, que el jugador numero 11 saliera de la tribuna, sorteo mediante. Si, como lo estas escuchando, un socio jugaría la final de nuestra historia.

A poco menos de tres horas del pitido inicial, se conformó un bolillero con los números de carnet de los socios con la cuota al día. Y fue ahí, que el numero 928 marcaría la vida de Hugo Carnevalli.

Entre alegría y nerviosismo, el afortunado, a paso sereno pero firme, recorrió ese largo pasillo, deben ser como unos 40 metros, que conecta el gimnasio, donde los socios que habían participado del sorteo comenzaban la desconcentración y se apuraban para acomodarse en las gradas,  y el vestuario, donde lo esperaban sus nuevos compañeros y “colegas”, con más dudas que certezas, porque la incertidumbre de las condiciones futbolísticas del desconocido volante por derecha, invadía el pensamiento del diezmado primer equipo.

Luego de una bienvenida entre abrazos y palmadas de aliento, los muchachos le dijeron que estuviese tranquilo y que se divirtiera.  Por su parte, el Hugo agradecía todos estos gestos asintiendo con la cabeza, pero le era difícil, seguramente, abstraerse del contexto de los 90 minutos que se avecinaban.
El Profe. De la Vega lo sometió a unos rápidos testeos físicos, a los cuales Huguito respondió satisfactoriamente, y fue después de eso que nuestro DT., El Pipo Lombardo, en una personal charla técnica y táctica, le dijo que jugara de típico volante por derecha, en un esquema 4312, pero que mire más a nuestro número 4 que al arco de enfrente –el Pipo siempre fue mezquino y conservador pero los resultados lo acompañaron, al menos aquel año-. Le entregó la numero 8 – que linda es nuestra camiseta, ese verde esperanza es hermoso- y le dio un abrazo.  

A todo esto, Radio Palmera, a modo de premiación por haber hecho las coberturas de visitante, me convocó para comentar el partido desde una de las cabinas del Eugenio Pescara. Me sentía muy feliz. Iba a comentar para la emisora local, la final del equipo de mis amores, en el cual debutaba -en circunstancias pocos normales, es cierto- mi amigo de la infancia, en el estadio donde vivimos miles de momentos.

Cuando el equipo del azafrán saltó al verde césped, millones de papelitos cayeron de los 4 costados y una bandera gigante con el escudo del Club, cubrió toda la cabecera norte, la que da a la Avenida. Micrófono en mano, en mi nuevo rol, repasé los apellidos de los 11 guerreros que buscarían la hazaña. Con la voz cargada de emoción, nombré al número 8. ….Hugoooo Carnevalliiiiiiiiiii…, a quien el público aplaudió con énfasis.

El Molino también estaba en cancha, con su casaca tradicional, esa blanca con bastones, como la de la Juve, acompañado por un puñado de hinchas que se animaron a la travesía de ese largo viaje.

Bueno, te la voy a hacer corta porque el recuerdo aun me causa mucho dolor. El primer tiempo fue bastante aburrido, sin chances claras de gol. Solo un par de remates de larga distancia. Uno de ellos  de Hugo, de correcto primeros 45 minutos, que levantó un uuuuuuuuuuu de toda la popular.

El segundo tiempo fue distinto. Ellos empezaron a mover la pelota, realmente jugaban muy bien, y nosotros a quedarnos sin piernas y sin aire fresco en el banco. El Hugo ya era un doble cuatro, mucho más preocupado por la marca. Prácticamente,  no volvió a cruzar la mitad de la cancha en esos segundos 45 minutos. Pero cuando el reloj marcaba 78, fue que creímos, aunque sea por un rato, que el sueño era posible. Luego de un excelente quite de Carnevalli, el Sapito García, en una jugada descomunal, desparramando a 4 tipos, marcó el mejor gol de todo el campeonato.  Me desgarre la garganta. Lo grité más que Miguel Ángel, nuestro relator. Fue el momento de mayor alegría que vivió cualquier habitante de Augusto Gómez en su vida.

Pero como ya te lo había dicho, ellos tenían un cuadrazo. Se vinieron con todo, necesitaban el empate, y nosotros sin recambio. En 7 minutos pegaron 4 tiros en los palos, y cuando el Tenazas le tapa ese mano a mano al petiso Aristizabal, yo dije para mis adentros….-si no entró esa, creo que es nuestro día-… no suponiendo un final oscuro para nuestros corazones.

Por 16 minutos fuimos parte de la  Máxima Categoría. El árbitro Sánchez había adicionado 4 más. Y fue en el minuto 93 que, luego del vigésimo desborde por izquierda de Aristizabal –por nuestra derecha no pudo en todo el partido, el 8 no se lo permitió- y un centro pasado que sobró al marcador de punta que cerraba, la pelota le quedó picando a Hugo que venía acompañando lo que era la última jugada. Con una volea a la calle, éramos campeones. Pero quizás el cansancio y el nerviosismo de sacarla como sea, lo apuraban dos rivales, le jugó una mala pasada. Pifió el derechazo y el pique alto hizo que la pelota pegase en unos de sus brazos extendido, prácticamente un blooper. Penal, gol de Aristizabal y final del partido.

Esa jugada es la última imagen que tengo de Hugo Carnevalli, quien pasó de vivir un sueño a una pesadilla luego de un despeje que nunca llego a ser. Se fue del estadio con lo puesto y en el pueblo nunca más nadie volvió a verlo.

El Club Atlético Gómez regresó a sus campañas de mitad de tabla, sin usar la numero 8. Algunos dicen que el retiro de esa casaca fue a modo de homenaje a los hinchas y a ese partido, en el que fueron parte literal del equipo. Otros, como yo,  piensan que esto tiene más que ver con mufas, maldiciones y ese tipo de creencias.

Lo cierto es que en Augusto Gómez aún se recuerda lo que le sucedió a Hugo Carnevalli y la frase que esbocé como comentarista radial aquel día, siendo estas palabras las ultimas que mi amigo habrá escuchado de mi parte….”QUE HICISTE HUGO…..”.